Num: 1218 | Martes 7 de abril de 2020
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Opinión


Aquilino Manceñido fue un hombre bueno, paciente y laborioso que ha fallecido en Ponferrada hace unos días, a los 91 años. Una noticia que nos llenó de tristeza a mis hermanos y a mí, y seguro que a muchas otras personas también. Porque Manceñido fue un ángel de nuestra infancia, un ángel cordial y cercano. Recordarlo es sonreír, ahora melancólicamente. Pero sonreír siempre.

 

En los años 60 y 70 del siglo pasado, la calle Padre Santalla de Ponferrada era un callejón casi rural. No estaba abierto el tramo de la calle Ave María, era un curso recto. En la acera de la derecha había diversos negocios. Y al fondo, estaba la cochera de los autobuses de la empresa Vázquez y Alonso. Un lugar para mí mítico porque me fascinaban los autocares, no digamos cuando había cinco o seis juntos. Enormes paquidermos metálicos. Y por eso lamenté tanto un incendio terrible que se produjo por entonces, y que calcinó todos aquellos vehículos de línea.

 

Había también una serrería, a la que íbamos a comprar astillas los vecinos de la zona, y el almacén de patatas de Baltasar García. En la parte de la izquierda estaba el depósito de aguas de Mondariz y una gran cochera, donde cada día se lavaba y sacaba brillo al fastuoso automóvil del Belga, un imponente “haiga” americano. Con todo, el lugar más querido de la calle era el taller de bicicletas de Manceñido, ya muy cerca de la avenida de España. Allí íbamos casi todos los días mis hermanos o yo a que su benevolente dueño nos hinchara las bicis, nos pusiera parches para los pinchazos y nos aguantara con una cordialidad infinita. Y, además, casi nunca nos cobraba. Esa conducta tan desprendida hizo de Manceñido un personaje cálido, muy apreciado en mi familia. En otras también.

 

El negocio, aparte de taller y venta de bicicletas, se rotulaba como “fábrica de remolques”. Pequeños remolques que se articulaban en las propias bicicletas, o bien carros que se empujaban con las manos. Y que eran muy utilizados por los maleteros de las estaciones ferroviarias de la ciudad y por los empleados de los comercios. Ver a Manceñido soldar los tubos de hierro, ajustarlos perfectamente, y luego pintarlos de azul, verde o rojo, para al final completarlos con los guardabarros y las ruedas, era para mí un suceso siempre atractivo, siempre nuevo. Nunca me aburría de verlo. Porque se estaba a gusto con Manceñido; era activo y amigable.

 

El taller estaba decorado con fotos de ciclistas célebres: Bahamontes, Poblet, Anquetil… Imágenes que mirábamos con familiaridad. Manceñido era un gran aficionado al ciclismo, miembro del Club Ciclista Berciano, y tenía un aspecto distinguido, aunque se vistiera cada día con su mono azul de trabajo. Un día fue Ramón Carnicer a presentar en Ponferrada su novela “También murió Manceñido”, y tal y como me contaría el propio Ramón, el hombre de las bicicletas le preguntó al autor de qué Manceñido se trataba. Pero era un personaje de ficción, que Ramón llamó así porque el apellido le resultó curioso y raro.

 

Aquilino Manceñido era delgado, tenía un rostro de actor de cine de los años 50, un pelo generoso y un bigote castizo. Pasó toda su vida laboral entre bicicletas y remolques, amable y cumplidor, amigo de los niños. Un hombre sencillo de vida honesta que amó el ciclismo. Descanse en paz.

 

CÉSAR GAVELA

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