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Opinión


22 de septiembre de 2019

José Martínez Mirones


En casa, de niño, oí hablar alguna vez de Mirones. Más tarde supe que era arquitecto cuando vi su nombre en el cartel que había en una obra. Lo que nunca supe fue quien era José Martínez Mirones físicamente, aunque tuve que cruzarme con él muchas veces. Misterios menores. Pero lo que importa es que fue el arquitecto más relevante y copioso de la Ponferrada del Dólar y de tiempos posteriores. Fue, además, arquitecto municipal durante tres décadas. En tiempos de mucha rudeza.

 

Él fue el principal artífice de la Puebla del desarrollo, la Ponferrada de Abajo de entonces; el que más edificios firmó. No por ello es el único responsable de que esa zona céntrica ande tan escasa de belleza arquitectónica. Eran tiempos de poco dinero y se hacía lo que se podía. La Puebla siempre fue modesta en lo estético, aunque mejoró mucho en las tres últimas décadas.

 

El otro día lo pensaba: ¿qué edificio tiene la Puebla mínimamente memorable? Le daba vueltas y, dejando a un lado la torre de la Rosaleda –que no es la Puebla clásica, sino una periferia moderna de la misma, y más bien desafortunada- no encontré nada. Tal vez me equivoque, pero no creo que exista construcción alguna en esa gran barriada que posea un verdadero interés artístico. Aunque es cierto que existen construcciones recientes muy dignas, sólidas y seguro que confortables.

 

Con todo, Mirones y también sus colegas de entonces, tejieron algunos lienzos urbanos que tenían un cierto encanto borrosamente americano de la década anterior a la segunda guerra mundial. Algo así. Hay fotos de Ponferrada de los años 50, sobre todo de la avenida de España, donde un halo del Medio Oeste recorre la imagen. La calle con unos pocos coches Ford, de forma redondeada, y algunos edificios que hizo Mirones, que tenían un toque humildemente faulkneriano, si se me permite la comparación. Fotos con mucho sol, con poca gente, con un hombre con sombrero que cruza la calle. Y en la acera, una casa que ideó Mirones. La casa no se ha perdido, pero sí su aura. Que pervive en la memoria de quienes fuimos niños entonces, o poco después. Mirones, sin pretenderlo seguramente, fue un poco literato: creó espacios que favorecen la imaginación.

 

También debe reconocerse que dejó dos obras peculiares en la Puebla: los templos de San Ignacio y de San Pedro. Dos edificios aparatosos y feos, aunque la grisácea torre del antiguo centro de los jesuitas parece más armónica. En cuanto a la de San Pedro se trata de un artefacto hosco, sin interés alguno. Al parecer, Mirones concibió algo más bello para la más grande parroquia de la diócesis, pero la falta de dinero acható torres y empaquetó de vulgaridad el vasto recinto religioso.

 

Hay poca belleza en la Puebla. Aunque eso tampoco es grave porque la ciudad tiene un casco histórico muy hermoso y bien remozado, donde reside su innegable y creciente atractivo. Y dicho esto, caigo ahora en que sí hubo un monumento de cierto interés en la Puebla: la iglesia vieja de San Pedro, donde me bautizaron, y donde hice la primera comunión meses antes de que entrara la piqueta. Aquella iglesia rural, con su atrio donde los hombres iban a fumar y a estar en misa sin estar –para no pecar, supongo- tenía su solera. Y su olor a cera y a fe.

 

CÉSAR GAVELA

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