Num: 1543 | Viernes 26 de febrero de 2021
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Opinión


A veces algo se averiaba en casa. En la cocina o en el baño. Un grifo, una pila, una cañería, un desagüe. Entonces mi padre decía siempre: “hay que llamar al alemán”. La primera vez que lo escuché me sorprendió mucho. Me parecía imposible que hubiera algún alemán en Ponferrada. En realidad yo no sabía de ningún extranjero, ni siquiera tenía aún noticias del Belga, el jefe máximo de la Minero Siderúrgica. Pero había un alemán, se llamaba Fidel Fügel y tenía su negocio en la calle Ave María, casi esquina con la de la República Argentina.

 

Mi padre llamaba al alemán y aquel mismo día aparecía en casa un fontanero vestido con mono azul. Pero no era el alemán, sino un joven empleado suyo, o no tan joven. Mi interés por conocer al alemán se había frustrado. Fidel Fügel tenía empleados y eran ellos los que acudían a resolver las llamadas de socorro de los clientes. Con eso, el alemán pasó a ser para mí todavía más misterioso. Tampoco sabía entonces donde tenía su negocio. El alemán era un aura, un nombre, una distancia.

 

¿Cómo era posible que aquel hombre viviera en Ponferrada? ¿Por qué había abandonado Alemania? Imaginé que se habría casado con alguna mujer del Bierzo, algo así. Pero, ¿dónde y cómo la conoció? ¿Acaso en Alemania? Eso resultaba muy raro. Pero también podía suceder que su mujer fuera alemana. O que Fügel fuese soltero. A mí me gustaba mucho lo de Fügel, esa pátina de lejanía. En realidad era una suerte que hubiera personas nacidas tan lejos viviendo en la ciudad. Luego, andando el tiempo lo de la extranjería de Fidel Fügel lo fui entendiendo mejor. Fue cuando supe que había un señor nada menos que húngaro que tenía un taller en la avenida de Valdés. Se apellidaba Klein, y llegaría a conocerlo en la tribuna de Santa Marta, siendo yo muy niño, y Klein muy viejo y también muy aficionado a la Deportiva. Lo de Klein también me parecía prodigioso. En realidad más, porque Hungría era un país aún más lejano y pequeño que Alemania.

 

Los empleados de Fügel resolvían bien su trabajo. Eran eficaces, como si fuesen alemanes. Tenían un jefe muy riguroso y profesional. Y sucedió que pasaron algunos meses, y un día yo descubrí el negocio de Fügel: vi su nombre en un rótulo. Las letras eran rojas y el fondo blanco.

 

No podía desaprovechar la oportunidad de conocerle. Y eso que me costó atreverme a entrar en la fontanería. En realidad, casi no entré, me daba mucha vergüenza. Sobre todo porque Fügel era alemán, y eso me imponía mucho respeto. Pero finalmente entré, aprovechando que lo hacía uno de sus empleados, y así le vi. Él estaba al fondo del taller, junto a un mostrador, al final de una ordenada maraña de repuestos y plomos. Me miró con actitud de sorpresa, también con seriedad. Era un hombre rubio, como buen alemán, o así me pareció verle. No fui capaz de avanzar por la tienda y observarlo desde más cerca como me hubiera gustado. Él me ignoró, no entendía que podía hacer allí un niño de ocho años. Pero yo había logrado mi objetivo: conocer a un alemán de verdad. A un hombre que había nacido en Alemania, que hablaba alemán y que vivía en Ponferrada, todo tan raro.

 

CÉSAR GAVELA

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