Num: 957 | Domingo 21 de julio de 2019
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Opinión


César Gavela nació en Ponferrada en 1953; es decir, nos encontramos ante un señor de cierta edad, casi de gran edad. Sus padres eran asturianos. El padre vivía desde niño en la ciudad que aún no era del dólar, sino más bien del pavés y del carbón. Su madre vino al Bierzo en 1952, cuando se casó con aquel niño que luego sería viajante de un negocio que fundó con dos de sus hermanos. Un negocio que hoy resulta de nombre antiguo: un almacén de coloniales. El local se ubicaba en la avenida de España, zona de los impares, justo cuando confluye en ella la avenida de Valdés. Aquel negocio fue siempre un cuento, una sonrisa, un reino de latas de conservas de pescado, de vinos de Jerez o de la Rioja, de cavas catalanes, de quesos de la Mancha, de espárragos de Navarra y de bacaladas de la remota Noruega o así. Pero lo más importante de aquel lugar era su tertulia de hombrones inefables, una tertulia sin fin, que sigue sonando en la memoria de César Gavela, y que jamás podrá olvidar nunca. Inagotable festín de palabras y tiempos, sucesos y lamentaciones, alegrías y comentarios sobre hombres y mujeres, vivos y muertos, sueños y tristezas, y siempre con un rato para hablar sobre las andanzas de la Deportiva, tema clave y sagrado, obviamente. Y eso que entonces los blanquiazules bregaban en tercera, contra el rudo Hullera de Santa Lucía, el capitalino Júpiter o la siempre peligrosa Gimnástica Arandina.

César estudió el bachillerato en Ponferrada en el colegio de San Ignacio hasta que un día llegó un cura listo y acendrado, argentino de labia sensacional, el padre Ponzo, que lo arrastró, con dulzura sabia, a la inconcebible decisión de querer ser misionero. Opuestos sus padres a aquel designio que implicaba ir a vivir a la remota Pamplona, le ofrecieron al muchacho místico la posibilidad de ir al seminario de la diócesis, donde pasó tres años de devoción relativa pero donde descubrió su afición por la literatura. Poco después, a sus diecisiete años, el futuro misionero en África, dejó los trastos de rezar en el seminario de Astorga, imitando en su marcha, sin saberlo, nada menos que a don Enrique Gil y Carrasco.

En Ponferrada emprendió una nueva vida, intensa y breve. En ella, César Gavela estudió por libre magisterio en la inesperada Lugo; también parte de la carrera de derecho; trabajó como escribiente en el despacho de sus queridísimos tíos Celso y José Ramón López Gavela, maestros de vida, política y cultura, y empezó a escribir en los periódicos comarcales. También en ese trienio juvenil se enamoró y vivió el dolor del desamor y a la vez se hizo miembro entusiasta del grupo de teatro Conde Gatón, llegando a protagonizar la primera representación de “El Señor de Bembibre” realizada junto al castillo, en las lejanas fiestas de la Encina de 1972. Su papel, ejercido con tanto entusiasmo como humilde arte, fue el del Conde de Lemos, algo, por otra parte, muy prestigioso.

En 1974 abandonó el Bierzo. Terminó la carrera de derecho en Madrid, aprobó unas oposiciones a la Administración del Estado, eligió como destino San Sebastián debido a la única y poderosa razón de que le encantaba la ciudad (y le sigue encantando), y desde el verano de 1976 vive en Valencia, donde llegó con la intención de pasar una temporada, pero donde se quedó a vivir ya siempre, al menos hasta ahora. En Valencia trabajó y trabaja, escribió y escribe, y en ese largo tiempo publicó unos cuantos libros, también miles de artículos, se casó y tuvo a su hijo. Y vivió siempre con sosiego, placer y dignidad, pasando casi todos los fines de semana y las vacaciones en un apartamento situado junto a Benicàssim. Mucho mar, muchos árboles y toda la melancolía desde que en el verano de 2016 falleció su mujer de una cruel enfermedad. Que también, y para insólito y doble infortunio, padeció a la par César Gavela, aunque él pudo salir de ella con suerte y con muy duras terapias. Dos personas que hacían deporte siempre y que llevaban una vida más que sana, terminaron juntándose en el dolor y la desgracia. Pero sin perder nunca la esperanza ni el humor, la lucha ni la entereza.

Desde hace tres años César Gavela lleva una vida diferente, y parece que vuelve a escribir con ilusión, aunque cuentan quienes le conocen bien que eso de la ilusión es algo que le importa más bien poco. Lo que cuenta, dice, es seguir haciendo por ahí lo que uno quiere, lo que puede, lo que le dejan, lo que se le ocurre, lo que le llega por misteriosos caminos. Es la vida la que manda, y César la toma como viene, sin mayores planes. Pero con alegría, por lo general.

Lector inagotable de periódicos y libros desde la adolescencia, gusta mucho de viajar por ciudades ibéricas, y al igual que le decía su muy querido y admirado paisano Ramón Carnicer, no suele sentir gran excitación ante las “perspectivas gastronómicas”. Eso sí, es melómano y acude una o más veces a la semana a los conciertos del Palau de la Música de Valencia. Y nunca se cansará de pasar horas y horas en casa escuchando jazz, blues, óperas… De todo.

Desde hace dos años largos frecuenta mucho Andalucía, que trata de conocer a fondo; territorio que le fascina y que se une en su corazón a Portugal, su primer amor ibérico, en el que por otra parte, persevera. Y también el amor, más concreto y humano, está en el origen de ese nuevo fervor andaluz. Que tiene su extensión al flamenco, la música que tanto le emociona. Porque es el sonido popular que más ardientemente se une al dolor, a la pasión, a la muerte y a la alegría. Aunque él, acaso, prefiera el humor. El que aprendió en el Noroeste, la patria de su alma, no solo la de su cuerpo.

C. G.

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