Num: 708 | Miércoles 14 de noviembre de 2018
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Antonio López Gregori


Don Antonio López Gregori era un hombre serio y distinguido, con sombrero siempre, y bajo el sombrero un rostro de aristócrata, muy blanco de tez, ya mayor entonces y con gafas que tenían algo de monóculo. Don Antonio López Gregori era un caballero antiguo que vivía en el quinto derecha.

Él fue uno de los primeros vecinos de Ponferrada que tuvo un televisor. Lo compró para que su mujer, doña Anuncia, que apenas podía salir a la calle, estuviera más distraída. Desde que yo supe lo del televisor, le admiraba mucho, y cuando me cruzaba con él en la escalera esperaba con gran respeto en el descansillo a que su descender ceremonioso, o a que su arduo subir pudieran cumplirse con la dignidad propia de sus años y de un doloroso avatar que yo entonces ignoraba.

También le veía algunas veces desde el cuarto de mi hermana. Don Antonio era un hombre calvo, redondo calvo lechoso y noble, como flotando en aquel entorno irreal de su vivienda. El matrimonio había tenido hijos, pero ya eran mayores y vivían lejos.

Don Antonio era representante de una empresa que se llamaba “Ebro, Azúcares y Alcoholes”, y todas las mañanas, sobre la mesa de la portera había varias cartas a su nombre. Sobres con un membrete muy antiguo que acentuaban la misteriosa entidad de aquellos tráficos azucareros de los que vivía don Antonio; un hombre que había venido a la ciudad procedente de Aragón, al parecer como desterrado político. Castigado por el régimen de Franco: eso se rumoreaba.

Yo sólo estuve una vez en su casa. Fue cuando la selección española de fútbol jugó en Madrid, contra Rusia, la final del partido de la Eurocopa de 1964. Don Antonio se cruzó conmigo en la escalera, no sé cómo salió el tema del fútbol, y enseguida me invitó a ver el encuentro frente a su primitivo receptor. Mi madre me peinó el flequillo, me puso mucha colonia y subí los dieciocho peldaños que me separaban de la casa de don Antonio. Recuerdo ahora, muy borrosamente, un cuarto sobrio, unas butacas frente al aparato, la luz en penumbra y su mujer, doña Anuncia, sonriente y mayor, sentada junto a mí, casi sin moverse. La voz de doña Anuncia parecía venir de muy lejos; pongamos de los días primaverales de 1931, cuando España estrenaba república y esperanza. De los días en que doña Anuncia era joven y don Antonio un atildado librepensador de Zaragoza con todo el mundo por delante.

Empezó el partido, vino el gol de Pereda y don Antonio se puso muy contento. Luego empataron los rusos, el asunto se complicaba y mi anfitrión salió un momento del cuarto para volver con una bandeja con cuatro pasteles que puso en una pequeña mesa delante de los butacones. Como era de esperar, insistió hasta que di buena cuenta de casi todos los dulces aquellos, que había comprado para mí. Y mientras yo los iba devorando fue cuando Marcelino conectó su célebre cabezazo que supuso el 2-1 y el título de campeones de Europa. Don Antonio jaleó el remate y dijo que, sobre todo, era un gran gol.

Continué viéndole por las escaleras. Cada vez tenía más dificultades para superar aquella cima cotidiana de ciento dos peldaños, y por eso no era nada raro encontrarlo quieto y meditabundo en el descansillo, acopiando fuerzas antes de reemprender la subida. Y aunque la energía le fallaba, y la muerte se acercaba, mantuvo siempre su porte quijotesco, de hombre de otro país, de otra educación, de otros horizontes. De hombre tratado injustamente que languidece y sobrevive con unas comisiones y unas cartas comerciales, perdido en el opaco paisaje de una ciudad industrial, remota y fronteriza, entre lluvia, bares y carbonilla.

CÉSAR GAVELA

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