Num: 1543 | Viernes 26 de febrero de 2021
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Opinión


Resulta harto difícil describir con palabras el cúmulo de sensaciones que experimenté cuando la Navidad pasada retornamos, esta vez como “faranduleros”, al edificio que hace años fue no solo el lugar de trabajo de parte de mi familia sino también un entorno bucólico; un entorno poblado de personajes de fábula, que perduran en los lugares más recónditos de mi memoria, resistiéndose con fuerza a ser olvidados. Naturalmente hablo del teatro Gullón que, gracias al empeño de muchas personas, está siendo recuperado para el uso y disfrute de la ciudadanía. Poco importan las carencias o imperfecciones que pueda tener en su arranque y que, sin duda, se irán solventando; lo importante es que ya está ahí de nuevo. Cierto es que fuimos conscientes de esas imperfecciones iniciales pero también es cierto que se eclipsaron por la disposición y el ánimo de mucha gente además de con la gran profesionalidad de José Miguel Garci y su gente que apabullan con su dominio de la técnica, un dominio que permite trabajar a gusto aún con todas las dificultades propias del “volver a empezar”.

Es la del Gullón una historia de afectos en mis recuerdos y ese día 29 de diciembre, desde la caja escénica, pisando las tablas, dirigiendo la mirada hacia un todavía vacuo patio de butacas o hacia lo más alto, rememorando el pequeño ventanuco de la cabina, me pareció ver las siluetas de todos aquellos personajes que deambulaban antaño por allí. En un lugar de culto a los hermanos Lumière y a Talía no sólo son importantes los histriones, los aplaudidos, sino también aquellos que hacen todo posible con su trabajo, esas gentes que dejaron su impronta en el local y forman parte íntima e intrínseca del mismo. Tanto es así que me resulta bastante peculiar contemplar cómo el devenir de los tiempos nos va privando de figuras que, lejos de haber sido simbólicas o decorativas, entiendo que eran imprescindibles; por ejemplo, siempre he pensado que jamás debe faltar un buen acomodador. No sobrará el acomodador mientras existan cafres que no entienden el significado de lo que es una sala colectiva ni saben estar en ella y son capaces de atrocidades como encender el puñetero móvil, violando la oscuridad sacrosanta que debe reinar en el lugar si no procede de la pantalla, o mientras haya tercos que se acomodan mal y se niegan a abandonar una localidad en la que no les corresponde tener aposentadas sus insignes posaderas; es que incluso a algún olvidadizo le suena el móvil en medio de una representación o proyección, a los que se puede disculpar a regañadientes porque la memoria es traicionera, pero los que no son disculpables ni con voluntad de disculpa son los patanes que, rizando el rizo, son capaces de descolgar y conversar con total indiferencia… ¿cómo se puede tener el cuajo de hablar por teléfono en el interior de una sala mientras transcurre el espectáculo?

Ese 29 de diciembre faltaban muchos en el Gullón, muchos a los que no conocí por simple causa cronología (el señor Miguel, “Ternerina”, “Veguita”…) y otros a los que sí: Pedro, acomodando, y permitiéndome quedar a las primeras pelis para mayores de mi vida mientras mi padre creía que ya estaba en casa tras dejarle la cena en la cabina; Portilla, cortando las entradas en la puerta; Horacio, vendiendo caramelos y debatiendo sobre su particular visión del mundo; Sara Geijo, en la taquilla… todos faltaban sí pero todos estaban allí como también estaba Domingo, mi padre, quien sucedió a mi abuelo Ovidio como operador iniciando una estirpe de cinéfilos donde de verdad surge un cinéfilo, en la sala de cine o, como en este caso, trabajando en el mismo.

Es larga la historia del Gullón y de las demás salas astorganas; sobrevive también el Velasco, donde el tío Ricardo (también operador como mi padre y mi abuelo) a quien, con cien años, le dio tiempo a relatarme grandes historias del cine local como la de aquella fatídica tarde en la que se abrasó las manos logrando de forma heroica que un incendio no afectara más allá de los límites de la cabina.

Pero, además de larga su historia, también es grande en importancia el pasado del Gullón desde que la unión de esfuerzos de esos cuatro emprendedores, cuyas iniciales figuran en la fachada, hicieron posible el sueño. Efectivamente Daniel Lois (empresario de mármoles y muebles), Fernando Vega (médico), Antonio García (empresario textil y Alcalde que fue de Astorga) y Leoncio Alonso (promotor de espectáculos) crearon una sala puntera en la época, por la que pasaron las compañías y los artistas más destacados a nivel nacional. Como teatro era parada obligada, tras sus estrenos en Madrid, de compañías tan significadas como las de Jacinto Benavente y María Fernanda Ladrón de Guevara y de artistas como Antonio Machín, Antoñita Moreno o Antonio Molina; y como cine fue la sala de los grandes estrenos como “Lo que el viento se llevó”; antes los estrenos no eran como los de ahora, bien es verdad que algunos llaman mucho público pero ni de lejos suponen lo mismo que antes cuando un estreno constituía todo un acontecimiento social.

Por eso el 29 de diciembre “volvimos a casa”, la casa de todos los astorganos, una casa que esperamos y deseamos vuelva a destacar por su esplendor y traiga a la ciudad el glamour de otras épocas, que así sea.

 

 

 

 

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