Num: 1598 | Jueves 22 de abril de 2021
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Un año de aquel marzo en el que tuvimos que quedarnos en casa

Se cumplen doce meses del inicio del confinamiento, una circunstancia que cambió por completo la vida de todos los españoles durante semanas


Hace un año, el Gobierno de España decretaba una limitación a la liberta de movimientos sin precedentes: el confinamiento de la población en sus casas para restringir al máximo el contacto social y así frenar los ingresos en los hospitales de pacientes contagiados por el coronavirus, el SARS-CoV-2, causante de la covid-19, el microscópico patógeno que ha condicionado la vida humana en todo el planeta durante los últimos doce meses.

Aquel confinamiento, que se alargó hasta mayo, vive su aniversario sin que la pandemia haya remitido por completo. La tercera ola, nombre dado a la crecida del número de diagnósticos de la enfermedad, ingresados en los Hospitales y, en especial, en las unidades de cuidados intensivos, generada tras las vacaciones de Navidad, parece relajarse y la situación está lejos de los máximos que se cifraron en el mes de febrero.

La drástica medida del confinamiento supuso la irrupción de conductas nuevas, adaptadas al cambio, entre los españoles.Los balcones y ventanas se volvieron el escenario de los minutos de socialización que en torno a las ocho de la tarde se dejaban escuchar en forma de aplausos, dirigidos al personal sanitario que hacía y hace frente a la pandemia. En dichos espacios, aparecieron no pocos carteles y mensajes de ánimo, muchos de ellos esperanzados arcoiris simbolizando el después de la tormenta. También altavoces, para hacer sonar música en esos ratos en los que las fachadas se saludaban entre ellas, generándose un himno para la ocasión, una vieja canción del acervo español, con el título y el ritmo más necesarios para el caso: “Resistiré”.

Las calles se vaciaron y el tránsito sólo estuvo permitido para desplazarse a los lugares de trabajo, aquellas personas que no pudieron adaptar su labor al tele-trabajo, que se convirtió para muchos en norma; para ir a comprar alimentos, medicinas y, en general, artículos de primera necesidad; o para que se pudieran aliviar las mascotas.

Por razones que los antropólogos, tal vez, algún día explicarán, se agotaron rápidamente las reservas en los supermercados de papel higiénico y, unas semanas más tarde, la levadura para hacer masas de pan se convirtió en objeto de deseo y algunos supermercados limitaron la venta de unidades por cliente. Confinados, aseados y haciendo pinitos de panaderos, los españoles vivimos las semanas más extrañas de nuestras biografías sin que, un año después, aquel periodo del confinamiento pueda darse del todo por asimilado.

Un año después, parece que las preguntas que nos asaltaron entonces se han avejentado enormemente. ¿Se celebraría la Semana Santa?, ¿serían no más que dos semanas?, ¿se tardaría muchísimo en desarrollar una vacuna? Un año después, algunas de las dudas que nos genera la pandemia del coronavirus siguen vigentes. Un año después de aquel confinamiento, siguen vigentes medidas extraordinarias que buscan limitar la propagación de un virus que hizo que en 2020 se superara en más de 70.000 el número de defunciones previstas para condiciones ordinarias.

Hoy, el virus sigue matando, contagiando y ocupando camas en los hospitales pero, un año después del comienzo de aquel confinamiento, con la llegada de las vacunas parece abrirse la puerta a la esperanza de un final próximo para esta experiencia fatal y trágica. Doce meses después de aquel marzo en el que nos tuvimos que quedar en casa, la solución de este problema colectivo que supera todas las fronteras parece posible y cada vez más cercana.

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