Num: 2123 | Jueves 29 de septiembre de 2022
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Opinión


No sé a ustedes, pero a mí los mercadillos me producen casi siempre sensaciones extrañas –iba a decir contradictorias pero no, extrañas es mejor ya que no se contradicen e incluso se complementan–, con dejes de ilusión y frustración así se trate del antes o el después de su visita. Y este “casi” es obligado porque han de quedar fuera de mis comentarios aquellos mercadillos –pocos, bien es cierto–, que colmaron alguna vez mi expectativa manteniendo la ilusión hasta el final. Eso sí, si me preguntan por estos pocos temo no poder responder porque, aunque lo que prevalece en la memoria es lo gratificante y no el agravio, no es el caso: tanta frustración de tantos ha llegado a borrar en mí los que supuse buenos.
¿Cuándo se transformaron los mercadillos en lo que son hoy? Yo no lo sé. De las muchas “razones de ser” que tuvieron durante siglos es cierto que algunas prevalecen aunque sean menores: lugar de encuentro; de intercambio –aunque sea de chismes–; de lucimiento de rulos y de guatas… prevalencias que son, creo yo, producto de la inercia más que de la atracción o de la necesidad misma y que, más pronto que tarde, dejarán de serlo por mor de la tecnología y el cambio generacional.
La invasión de puestos, que se replican, unos junto a otros, en espacios mínimos, con las mismas bagatelas, con el mismo origen en los mismos polígonos industriales, de la mano de las mismas etnias o, mejor, de las mismas familias de la misma etnia, ha venido a ocupar lo que habría de ser la idiosincrasia en forma de productos atractivos y genuinos de pueblos y comarcas.
En este siglo veintiuno tan veloz e innovador, en que la excelencia es condición de supervivencia, no se entiende el retroceso, la pereza, en estas manifestaciones seculares que llenan, cada día, nuestros pueblos y ciudades de la mano, eso sí, de las autoridades municipales. Verdaderos responsables estos del desaguisado, y cuya función queda reducida a recaudar las tasas correspondientes, importándoles una higa que al ilusionado explorador de su cultura, sea turista de dentro o fuera, le ofrezcan tres bragas por un euro cuando lo que busca es una buena y auténtica braga maragata.

Juan M. Martínez Valdueza
21 de diciembre de 2017

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