Num: 1543 | Viernes 26 de febrero de 2021
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Opinión


Como tantos muchachos, quise ser misionero en tiempos de Franco. Ir a misiones significaba viajar gratis, conocer océanos y volcanes, ríos y animales prodigiosos, ciudades del desierto, mujeres de bien, y además uno se ganaba el cielo. Decidido a ser evangelizador, me fui a un campamento de verano en Navarra bajo los auspicios de una orden alemana que había abierto un internado cerca de Pamplona. Esta orden, por cierto, muchos años después fue considerada culpable de muy graves trampas a la Hacienda Pública alemana, cosa que me produjo una gran sorpresa aunque también cierto regocijo.

 

Mis padres no querían que me fuera tan lejos y aceptaron que ingresara en el seminario menor de La Bañeza, pues tiempo habría de hacerme misionero una vez fuese cura, aunque irse de párroco en aquel tiempo a alguna de las aldeas de la diócesis de Astorga no era menos arduo que ejercer esa misión en muchos lugares del tercer mundo. Me instalé, pues, en La Bañeza, pero seguía con la ilusión de ser misionero. Tenía muchos mapas y hacía cálculos acerca de mi futuro. Siempre descarté Asia y Oceanía, dejé pasar de largo a América Latina y me decanté por África, concretamente por Katanga, al sur del Congo, donde ya trabajaban varios curas de la diócesis, lo que facilitaba las cosas, y además Katanga era un nombre bonito, muy africano, como ese Bailundo que hay en Angola.

 

Soñaba con ir a Katanga, la tierra del oro y los grandes ríos, de los trenes destartalados que iban a Lubumbashi, y de las oscuras empresas dedicadas al tráfico ilegal de diamantes. Fue por aquel tiempo cuando vino al seminario de La Bañeza el padre Telmo Cobrana, berciano de Arlanza. Era uno de los curas diocesanos que estaba en Katanga, y nos dio a los alumnos una conferencia larga y enjundiosa en el salón de actos acerca de sus experiencias congoleñas. Al terminar el encuentro, le asalté cordialmente. Le hablé de mi determinación de ser misionero como él, y así fue como iniciamos una larga conversación, y así fue también como nació una amistad que duró algunos años, y que se plasmó en un rimero de cartas que me envió Telmo Cobrana desde Katanga y que yo correspondí con gran ilusión. Las cartas continuaron incluso cuando yo ya no era seminarista sino estudiante de derecho, pero cada vez iban y venían más espaciadas y la última que guardo del misionero es de febrero de 1974.

 

Nunca volví a saber nada de él. Muchos años después, conocí en Astorga a uno de aquellos curas de la diócesis que habían permanecido largos años en Katanga, y tengo para mí que había vuelto algo decepcionado de la aventura. Este clérigo me contó que hacia 1985 el berciano Telmo Cobrana había abandonado la religión y también Katanga. Cruzó la frontera y llegaría a ser uno de los jefes de la UNITA angoleña, aquella banda de traficantes de oro y diamantes disfrazada de movimiento guerrillero.

 

Unos años después, tras la muerte de Jonás Savimbi, el sombrío y cruel líder de la UNITA, el ex cura Telmo fue uno de los guerrilleros que negoció la frágil paz con el gobierno. Después abandonó el monte y las armas, y bajó a la ciudad de Luanda, donde consiguió un cargo administrativo en los petróleos públicos. Años más tarde, en 2008, murió ahogado en la bella bahía de Luanda. Llevaba dos décadas sin visitar el Bierzo.

 

CÉSAR GAVELA

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