Num: 1620 | Viernes 14 de mayo de 2021
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Opinión


Conforme pasan los tiempos que vivimos, y con cierta celeridad, la condición de español es cada vez más costosa si atendemos a aquellos principios y símbolos que nos hacen reconocer como tales. Después de la confusión durante décadas con la bandera de España, sea la constitucional o la anterior o la de más atrás, nos viene ahora –nos ha llegado– otra no menos enjundiosa como es la configuración misma del Estado español. Y de la Nación española, añado.

Porque, como podrán comprobar a diario sin esfuerzo alguno, dependiendo del área de influencia al que está cada uno sometido, España es una cosa pero tiende a otra, siendo esta tendencia valorada según el número de votos que lleva a nuestros representantes a los escaños del Congreso, dándose la circunstancia de que en este momento la mayor suma de estos representantes quiere una España diferente, estructurada de forma diferente, mandando la Monarquía ni siquiera al baúl de los recuerdos en el más polvoriemto desván sino más bien a hacerla procesionar con un ominoso sambenito, y al Estado autonómico vaya usted a saber dónde.

A mí, personalmente, la Monarquía me gusta por una cuestión práctica. Me parece que es el único valladar a la dictadura de los partidos políticos, salvando de estos al menos un nivel institucional: el que situamos por encima de todos aunque sea de forma simbólica. Simbólica pero importantísima. Me produce un más que cierto desasosiego pensar en la cabeza del Estado siendo producto de la lucha partidista, tirando de la cuerda en un solo sentido y enfrentando aún más a los españoles, enterrando quizá el único factor de cohesión con que contamos.

Que por culpa de los partidos políticos los españoles estamos partidos por la mitad –y desde hace ya siglos– yo no tengo ninguna duda, evento este que hace imposible pensar en un desarrollo y estabilidad acorde con nuestras capacidades, supeditándose siempre estas a la oportunidad y el oportunismo políticos. Vean si no cómo los periodos de bonanza quedan siempre abortados de forma inmisericorde por la acción política, tenga esta la forma de terrorismo, independentismo, desestabilización económica o simplemente estulticia de nuestros gobernantes.

Pero es lo que ha habido y hay.

En mis sueños, que todavía los tengo, me veo disfrutando al formar parte de un gran y viejo país desarrollado, justo con los suyos y con los otros, respetado dentro y fuera de sus fronteras, donde las ideas puedan ser expresadas y confrontadas a sus contrarias con ausencia de desprecio y de violencia, con unas reglas del juego inteligentes al tiempo que férreas, tanto que obliguen al destierro de su campo a aquellos que de antemano no las acepten, resolviendo de este modo la cuestión del huevo y la gallina, léase libertad de expresión y Constitución.

Corren tiempos extraños, con una pandemia a cuestas por si algo faltara, que parece ser precio de la globalización, y hasta ahí habremos los españoles de pagar un impuesto superior al resto. Cosas de la genética social, dicen, que los abrazos a los familiares y amigos españoles salen caros, cuando deberían ser, por nuestros, al contrario. ¿Por qué no? ¿No será, de nuevo, esto, pura estulticia de quienes nos gobiernan? Para la mitad, sí, y, desde luego, para la otra mitad, no. Faltaría más.

 

Juan M. Martínez Valdueza

Astorga, 27 septiembre 2020

 

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