Los dirigentes de lo que queda de la Unión del Pueblo Leonés y los escindidos hace años del PAL-ULquieren que este año sea el de la refundación o la vuelta de los hijos pródigos. Todo ello en un intento de reverdecer los éxitos electorales de hace más de diez años con Joaquín Otero como cabeza visible por aquella época y con voz y voto en las tres instituciones importantes para su causa, a saber, Cortes de Castilla y León, Diputación de León y Ayuntamiento de León. Además de hacerse oír en los foros de poder político real, se pretendía que los resultados electorales, como así fue en una ocasión en el ayuntamiento capitalino, permitieran jugar sus bazas como tercer fuerza a la que acudir para gobernar en un bipartidismo empatado.

La huida del «gran padre» José María Rodríguez De Francisco y la creación del PAL-UL no sirvió de solución al tema principal: la autonomía leonesa u obligar a avanzar en esa idea de alguna forma a las administraciones públicas. En este partido-coalición se ha dejado pactar en función de cada caso a lo largo y ancho de los municipios de la provincia leonesa. En San Andrés del Rabanedo con el PSOE, en Astorga con el PP… Lo que indica libertad en sus dirigentes, pero peligrosidad por la poca claridad ideológica con riesgo a ser devorados por el pez grande en cada ayuntamiento.

Pero no queda ahí la cosa, no. Existe también un leonesismo histórico, crónico, en formaciones como el PREPAL y una serie de grupúsculos más que complican la sopa de siglas y dejan al leonesismo político reducido prácticamente a lo testimonial. Hoy en día nadie duda de que en todo leonés subyace un leonesista, es el leonesismo social. Ése es mayoritario. Pero que el leonesismo como instrumento político tiene poco o nada ya que hacer ante la evidencia de los hechos.

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