Num: 806 | Miércoles 20 de febrero de 2019
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Opinión


No tuvieron mucha suerte en la vida María y Luisa, solteras y hermanas, que vinieron a Ponferrada desde la aldea asturiana de El Bao, y que habían traído muchas ilusiones: querían trabajar, querían casarse, tener hijos, ir al cine, ver a personas ricas, viajar en autobús, hacer vida de ciudad.

Los años fueron pasando, ellas tenían una hermana más decidida, o que tuvo más fortuna. Una hermana que se casó y se fue a Suiza en las primeras oleadas migratorias, a comienzos de los años 60. La hermana tenía marido y luego tuvo extranjero, ferrocarriles de cremallera, nieve y chocolatinas. María y Luisa quedaron en la ciudad, cuidaban de los sobrinos, y uno de ellos, qué gran mérito y talento, llegó a ser una eminencia en el campo de la sociolingüística.

Luisa y María eran porteras de dos fincas urbanas, pero porteras limpiadoras más que nada, y tenían que recoger la basura, casa por casa en la hora de la sobremesa. María llamaba a la puerta después de subir cuatro pisos y aparecía con una gran lata rectangular, antiguo recipiente de dulce de membrillo de Puente Genil. En aquel cacharro se vertían los detritus de la alimentación. Apenas había entonces otra basura. Las cajas y los aún escasos plásticos se solían guardar, aunque no sirvieran de mucho. Y los periódicos los convertía mi abuelo, lentamente, en ásperos papeles cortados para usarlos en el retrete. Pero es que la guerra aún no estaba tan lejos y había dejado un rastro de avaricia de cosas modestas en las familias. De no querer tirar nada, sobre todo los abuelos venerables, los que habían conocido la barbarie y el hambre.

María era la portera de nuestro edificio. Se contaba que tenía cierta afición al vino, tal vez su único consuelo. Yo, sin embargo, siempre la vi sobria. Y muy cariñosa con nosotros, aquellos niños. Muy dulce y muy triste. ¿Y cómo sería su vida de hombres, si es que la tuvo? ¿Qué emociones truncadas, qué endurecimiento de todo sobre un original ya duro y resignado, fruto del monte y los caminos helados de la cordillera? Luisa era más suave, menos de la vida y más de soportarla. Además, tenía un brazo rígido, consecuencia fatal de a saber qué simple caída en la aldea, de que descuido de todos, de cuántas carencias.

Recuerdo ahora a Luisa entrando en un anochecer en el bar Olego a por un litro de vino. Iba algo nerviosa y le dijo a mi madre, a quien yo acompañaba, que no se atrevía mucho porque el bar estaba lleno, y no estaba bien una mujer yendo a comprar vino a un local donde solo había hombres. Aunque fuese el antiguo bar de mi abuelo paterno, don Segundo, que lo bautizó como Café Asturiano en los años de la república. Y al fondo la luz sobre el suelo de madera vieja del bar, la misma madera sobre la que trabajó mi abuelo, tal vez la misma radio vieja que ya nunca se encendía, y el rumor de los parroquianos. Los camareros de aquel Olego eran hombres muy misteriosos, casi todos solteros y uno de ellos había triunfado algo: era ordenanza de un banco, vestía con aquel uniforme que parecía de suboficial del aire. Un ordenanza muy lector que se gastaba medio sueldo en comprar libros, algo insólito y admirable.

Luisa sale con la botella de vino, lo lleva en un caldero que utiliza mucho, que le sirve para casi todo. Caldero que se encaja perfectamente en su brazo rígido y curvado, como si fuera simbiosis de cinz y de carne. Ella no necesitaba casi ningún esfuerzo: el cubo se sostenía solo. Luego nos despedimos de Luisa mi madre y yo, que habíamos quedado esperándola en la calle, como si le guardáramos las espaldas.

Bastantes años después, un día murió Luisa. Y también murió María. Yo no recuerdo la última vez que vi a María, pero sí la última que vi a Luisa: caminaba con el caldero hacia su hogar: una pequeña casa junto a la puerta de la serrería, en la plaza de Fernando Miranda. Avanzaba muy despacio, bajo la luz de las farolas.

CÉSAR GAVELA

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