Pedro González

Adentrarse en La Cabrera más profunda es como tomar una autopista al infierno. Desde primera hora todo está cubierto por una neblina blanca que oculta la negra realidad. El humo flota entre los valles y lo impregna todo de un olor rancio que se cuela en los pulmones. Debajo de ese manto todo está negro: lo que no está ya quemado se está quemando. La Cabrera es una tierra arrasada por las llamas; monte bajo, pino, roble, encina… todo oscurecido por el voraz apetito del fuego. Los pueblos asediados vieron impotentes cómo el incendio tocaba las puertas de sus casas. Afortunadamente casas y gente siguen en pie. El mayor incendio forestal de este verano en España quema La Cabrera.

“Todo lo que era verde ahora es un desierto”

Forna, Encinedo, Villarino, Santa Eulalia, Losadilla, Iruela, Ambasaguas. Quintanilla de Losada, Robledo, La Baña, Trabazos… Estimar el alcance del incendio es casi como intentar contar granos de arena en el desierto. Se hablan de 11.000, 13.000 hectáreas… quién sabe. Aún arde. El desastre es de unas proporciones que asustan hasta a los propios profesionales que trabajan en las labores de extinción. “Esto es más grande que lo de Castrocontrigo”, comenta un brigadista, “y si no, al tiempo”.

El fuego llegó a las puertas de las casas. /PG

Visitar los pueblos afectados es lo más parecido a una guerra. Todo, absolutamente todo lo que rodea a las aldeas está calcinado. Un asedio de fuego que llegó a tocar las puertas de muchas casas. En Forna (uno de los pueblos afectados) aún no saben ni cómo se han librado. Un vecino se afana en recoger lo que queda de su jardín ahora tapizado de ceniza. “Fue tan sumamente precipitado que no nos lo esperábamos”, dice uno de los tantos cabreireses emigrados que aprovechan el verano para volver al pueblo. “El fuego se inició el lunes por la noche -continúa- y cuando nos levantamos por la mañana la sierra aquella (señala a Río Pedro) había desaparecido entera. En el valle aún quedaba un pequeño foco que saltó al otro lado y se coló en el pinar de Losadilla. Al día siguiente otro pequeño foco que quemaba monte bajo seguía sin ser extinguido, cogió fuerza y cercó el pueblo, el pueblo vecino y aún sigue ardiendo”. En Forna todavía se preguntan cómo fue posible que “nadie viniese a apagarlo cuando ya estaba entrando en el pueblo”. Comentan aún con el corazón encogido cómo al día siguiente volvieron para ver si todavía su pueblo existía.

La gran mayoría de los evacuados hicieron noche en el polideportivo de La Baña. Un matrimonio de ancianos, curtidos de los mil y un incendios que han visto en su tierra no recuerdan nada como este desastre, “todo lo que era verde ahora es un desierto”.

Ángeles en el infierno

Tras visitar algunos pueblos y hablar con sus gentes, por la carretera se empieza a ver movimiento de camiones y todoterrenos. Algo pasa cerca de Santa Eulalia. El alcance del fuego y su comportamiento casi arbitrario, saltando de un valle a otro hace casi imposible tenerlo todo controlado. Los medios aéreos no pueden actuar pues la visibilidad es escasa o nula. Pero en tierra se combate el fuego con fuego.

Pequeños focos se reactivan al otro lado del río cerca del pueblo. Efectivos de la UME y de las BRIF llegan a tiempo para meterle mano al asunto. Mangueras, batefuegos, azadones y sangre fría. El terreno hace tan complicadas las tareas de extinción que la mejor manera de poner a salvo algunos pueblos es la quema controlada.

BRIF y UME trabajando juntos. /PG

Ver trabajar a los bomberos forestales es estar en una batalla. De un lado un monstruo devorador que avanza firme; al otro, un puñado de valientes que le plantan cara. El calor es insoportable y el sonido de las llamas arrasando todo es escalofriante. Ni el río puede parar la avanzada de las flamas. Los brigadistas se juntan para recibir las órdenes de su técnico. Son claras, tajantes: “Quemamos desde el río y que muera en la carretera”.

Le presentan batalla con sus mismas armas, pero con la seguridad de saber lo que se hace. “Son incendios de dimensiones tan grandes en los que sólo puedes pararlos quemando para que no avancen más”. Un cortafuegos de fuego, el contrafuego.

La colaboración entre brigadas y UME es eficaz, perfecta. Pero el incendio no da respiro. No han terminado en un sitio y el “walkie” ya está avisando de otro foco. Desde el puesto de mando avanzado de Truchas se controla todo y las órdenes vuelan de acá para allá.

En Santa Eulalia el fuego murió en la carretera. En Robledo las llamas vuelven a tomar presencia y comienzan a quemar un pinar cercano al pueblo. La nube que cubría todo el valle parece que quiere levantarse y los helicópteros y los anfibios aparecen. Poco tiempo tienen para actuar. Se acerca la noche, cambio de turno en las brigadas y la cosa no amaina.

El fuego de La Cabrera tiene un alma malvada. No quiere morir y su hambre crece a cada hectárea que va calcinando. Parece que piensa por sí mismo. Mirar atrás causa impotencia. Sigue ardiendo. Lega un mensaje: “Robledo listo para ser evacuado”. La Cabrera se quema por los cuatro puntos cardinales; arde y llora con lágrimas de fuego.

Fotografías Pedro González