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Opinión


11 de mayo de 2017

La importancia del yo


En tiempos aciagos como los presentes, el relativismo se impone como patrón de medida universal. Incluso se puede afirmar que la nada ocupa el lugar que anteriormente estaba presidido por un tejido de interacciones personales de todo tipo.

 

Lo anterior es consecuencia de un sistema económico que fagocita  la individualidad y que tiene por objetivo impersonalizar todo el entramado social. Pudiera parecer un trabalenguas lo hasta aquí expuesto. No es mi intención confundir al lector con un lenguaje poco claro y por consiguiente incapaz de trasmitir de forma diáfana el mensaje del presente artículo.

 

Quiero destacar la importancia del individuo, del yo frente a una deshumanización creciente de nuestra forma de entender la vida. Yo, entiéndase como concepto general, soy importante, es más, soy imprescindible en el mundo. Sin mí no existirían múltiples realidades las cuales yo genero o simplemente en las que yo participo.

 

Diría Ortega que yo configuro mi mundo de acuerdo con las circunstancias que me rodean. Cada uno creamos nuestro mundo. Es cierto que gran parte de la realidad nos viene dada, impuesta. Frente a esta realidad que nos mediatiza podemos crear otra moldeando tal imposición.

 

La vida está estructurada en etapas y todos estamos avocados a pasar por todas y cada una de ellas. Infancia, juventud, madurez, vejez y muerte son ciclos vitales, que en el mejor de los caso, todos debemos experimentar. En el peor de los casos, la muerte acaba con el yo antes de tiempo de una manera que suele ser cruel casi siempre porque no permite al yo cumplir con su ciclo vital natural.

 

Si el yo desaparece, desaparece con él, no solo su mundo, sino también la posibilidad de engendrar nuevos mundos, de crear nuevas realidades. La importancia del yo, es que con cada desaparición de uno de nosotros desaparece parte de la realidad. La muerte de un amigo irrumpe en nuestros sentimientos generando trauma y angustia porque nuestro mundo común ha desaparecido, ya no crearemos juntos nuevas realidades, ya no compartiremos vivencias.

 

La finitud  del yo nos determina de tal manera que nuestras acciones y aspiraciones son absolutamente acotadas por el parámetro temporal. Nadie puede escapara a la maldición del tiempo. Einstein lo explicó perfectamente, el tiempo es parte ineludible de las ecuaciones matemáticas que intentan explicar los misterios del universo.

 

Queda claro, pues, que somos entes temporales y ante esto se revela nuestra naturaleza. El ser humano inteligente se revela contra su caducidad. El ser humano no  admite que su código genético le imponga la muerte como algo inevitable. Es famosa la bella imagen de la película Blade Runner donde el replicante, es decir el robot, Roy le dice a  Rick que no entiende porque debe morir pues con él se perderán como lágrimas en la lluvia sus recuerdos y experiencias para toda la humanidad.

 

Para intentar paliar este fatal destino, el yo ha penetrado de la mano de la tecnología en lo que se ha dado en llamar de forma genérica el “Transhumanismo”. Concepto que abarca distintas filosofías tanto morales, como formas de aplicar la tecnología en el cuerpo del ser humano. Su denominador común no es otro que la vieja aspiración de alcanzar la inmortalidad. Se declaran caducos los viejos principios filosóficos o religiosos que han inspirado a la humanidad a lo largo de su historia. Sea como fuere ya no se acepta, no solo la muerte, sino las propias limitaciones del ser humano. De acuerdo con esta nueva filosofía, el dolor, las limitaciones físicas de nuestras capacidades, e incluso las limitaciones de nuestra capacidad cognitiva deben y pueden superarse de forma definitiva.

 

Esta superación vendrá de la mano de la tecnología. Algunos de los gurús de esta nueva corriente de pensamiento incluso se han atrevido a poner fecha al momento en el que el hombre puede alcanzar la inmortalidad. Lo que ocurre es que entre ellos no están de acuerdo respecto a cual será la correcta.

 

El yo tal y como lo conocemos desaparecerá. Y si se ponen en marcha determinadas teorías del Transhumanismo que pretenden crear una conciencia colectiva mundial, desaparecerá irreversiblemente. Hombre, ante esto cabe preguntarse ¿quiero compartir mi mente con la de un terrorista? por ejemplo.

 

El yo se encuentra acorralado por un sistema económico que parece que no le importa nada más allá de sus beneficios económicos. Además tenemos a un importante sector de la ciencia que está volcando todos sus esfuerzos en conseguir mejora cibernética de la raza humana y, si es posible, la inmortalidad. ¡Una locura!

 

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