Num: 655 | Sábado 22 de septiembre de 2018
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Doce setenta


En estos lluviosos y aireados días que acompañan a Marzo de repente uno recibe una llamada de
esas que te acarician el alma suave y delicadamente, y con la que disfrutas enormemente a pesar de
estar hablando con la gélida presencia de la mañana azotándote en los pómulos y en los dedos de las
manos.

Siempre es agradable conversar con un buen amigo, sentir ese pizquito de alegría que te salta de
dentro cuando ves su nombre aparecer en la pantalla del móvil. El corazón se acelera al responder y
empieza a dictar las palabras que salen de la boca y, a pesar de que ya andamos por los 40, uno
pierde la noción del año en el que está y siente que está hablando con su amigo veinte años atrás, en
el bar de las piscinas, en cualquier cafetería del pueblo, en las canchas del polideportivo o medio
borrachillos después de hacer la plaza. El contenido de la conversación cambia, por supuesto, y si
en aquella época hablábamos sobre todo de chicas y… chicas, ahora que la piel está ya más curtida
hablamos de los hijos, en su caso, de los proyectos, en el mío, de las mujeres, en ambos casos y,
como no, de nuestro pueblo y de ese valle del que salimos medio imberbes con el alma cargada de
sueños y de incertidumbres. Los dos somos de Villaseca y, claro está, hablamos de la situación del
que otrora fuera el pueblo que más noto el auge del sector minero y que, también claro está, fue el
que más notó la crisis de la minería. No obstante, mientras hablábamos me di cuenta casi al
momento de que algo había cambiado. El matiz de la conversación era diferente. Si bien la
generación de nuestros padres, por lo menos en mi caso, hablaba del pueblo con la terrible nostalgia
del pasado, la nuestra, la que tuvo que marchar, representada en este caso por dos amigos hablando
por el móvil, hablaba del pueblo con la esperanza del futuro.

Al hablar con Daniel, que así se llama mi amigo, noté que mientras íbamos hablando, casi sin
darnos cuenta íbamos compartiendo ideas, fueran realizables o no, esa no era la cuestión. La
cuestión era que estábamos pasando de la esperanza a la ideas y ya se sabe que después de las ideas
viene definirlas y después empezar el proyecto que las materialice. No me malinterpreten, no tengo
alma de emprendedor de negocios. Mi alma es más bien de emprendedor de historias, de imaginar
supuestos, mágicos o reales, de buscar la chispa adecuada que encienda el alma de los agarrotados
por la nostalgia de un pasado que no les deja avanzar. Y ahí está la clave, la chispa que puede
encender al pueblo, hacerlo avanzar. Hablar, imaginar y dejar que las ideas vuelen. Hablando con
Dani descubrí que hay gente que trabaja bien el cuero, la mermelada casera, la miel ecológica, gente
que tiene una tienda a la que le vienen a comprar personas de todo el valle y hasta de Babia, y
seguro que habrá gente que se le de bien diseñar su propia ropa, trabajar la madera, pintar cuadros,
hacer manteles y bordados, gente conocedora de la montaña y de sus rutas, gente que sepa ver el
atractivo de los paisajes naturales y de aquellos que dejaron los cielos abiertos, seguro que hay
jóvenes que manejan las nuevas tecnologías con la misma facilidad con la que nosotros
manejábamos las bicis… en fin, hay tanto de lo que hablar y tanto que imaginar. Yo, en mi caso
imaginé también que llegaban al valle todo tipo de autopistas, viarias y de información, y que se
mejoraban muy mucho los accesos al valle y las salidas del mismo.

Creo sinceramente que la vida nos está diciendo, a nosotros, al valle y a mi pueblo, que es momento
de ser creativos, audaces, de convertirnos en hacedores de sueños, de nuestros propios sueños. Sé de
lo que hablo. Durante más de 20 años le di la espalda a mi sueño, a aquello que me hacía palpitar de
dicha el corazón… y me perdí en el marasmo de una vida que no tenía sentido para mí. Hoy día
vivo de acuerdo a lo que me dicta el corazón, a lo que hace saltar de júbilo mi alma… y soy FELIZ.
Me falta comer las perdices pero el dinero no acompaña y además soy vegano. Pero sé que el dinero
llegará y comeré brócoli o zanahoria en lugar de perdices, o pétalos de amapola si hace falta. No
hay que temer al futuro, los comienzos siempre son así, de poquito a poco y sin dinero, para ir
cogiendo después velocidad. El valle y mi pueblo, Villaseca de Laciana, necesitan que la gente que
escucha a su corazón se ponga al frente, y esa gente está respondiendo, está abriendo el camino para
que los muchachos de las próximas generaciones no tengan que hablar por el móvil (quizás uno en
Salamanca y el otro en Zaragoza) de cómo les va la vida, sino que lo puedan hacer tranquilamente
en el bar de las piscinas o en cualquier cafetería, tomando una 12.70 mientras hablan de las chicas.

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