Dicen que los ciudadanos deberán caminar en Madrid, como los vehículos, por determinadas calles peatonales, en un solo sentido de la marcha, establecido previamente. Y que numerosos policías municipales, de uniforme y de paisano, entremezclados, cuidarán de reprimir a aquellos que osen volver sobre sus pasos, tanto si lo es por necesidad como si no o porque así les venga en gana, que la transición de humano a ganso no está claro haya de ser competencia de los munícipes de turno ni aun de los demás niveles de ocurrencia por muy elevados que estuvieren en nuestra faraónica pirámide democrática y partitorial.

Desde las azoteas agentes como halcones zahareños otearán flujos y trasiegos, en comunión –cuyo grado de perfección ignoramos– con los de a ras del suelo para evitar así que la manada desborde, en avalancha, el nuevo orden, el orden nuevo depositado por designio electoral divino –eso sí, catalizado por oportunas gotas del elixir socialista– en las manos magníficas de los señores y señoras de la minoría lustrosa y juvenil que, alimentada por la indignación de los indignados de manual y la de los otros vino a nacer del huevo varado del pasado.

Ignoro yo en este momento si la ocurrencia es propia de estos retroinquisidores o viene de la mano sonrosada esa que poco a poco y procedente del más allá de nuestro limes va reduciendo pasito a pasito los ámbitos todos de la libertad de todos con excusas de igualdad y de fraternidad, eso sí, esta última con mucho ojo y sin pasarse por si las moscas, que la frontera entre un abrazo fraternal y la agresión sexual es ya tan sutil que más que asociada a las intenciones de emisor y receptor hoy ya depende más de la dirección del viento o de las coordenadas de los actores, sean estas geográficas, UTM, MGRS o las que ustedes quieran, que tanto da.

Ahora bien, lo realmente sorprendente de este asunto de caminar a piñón fijo –y lo que me ha hecho reflexionar sobre el mismo– es la pasividad por no decir complacencia con que la opinión publicada o radiada o televisada –el conocimiento de la opinión real es imposible dada la limitación de contacto directo con ella de cada uno de nosotros– ha transmitido tamaña y curiosa novedad, que ahí se han quedado al menos aquellos que he podido leer, escuchar y ver. De entrada, esa pasividad y complacencia me parece increíble. Y de salida también.

Es un hecho que lo que estoy exponiendo hoy aquí no cuadra demasiado –mejor, no cuadra absolutamente nada– con el novísimo modelo social que se está imponiendo de forma acelerada y que está dando al traste con tanto lastre pero también con pilares que son básicos para la propia supervivencia del espécimen ese tan peculiar que somos los humanos.

Y que no cuadre no significa que ese novísimo orden me parezca mal, no, que es inevitable y por tanto intrínseco a la vida misma. Significa que me pongo a resguardo del naciente espécimen, que seguro no tardará en protagonizar la historia –o lo que sea, porque lo que es historia lo seremos nosotros– con su componente biónico más significativo que superfluo, y que –no me lo negarán– su nuevo mundo habrá de recordar más de lo debido episodios ya vividos –sea en la ficción o en la realidad– tales como el Fahrenheit 451 de Ray Bradbury o los festivales visuales de las HitlerJugend, que la ficción de George Orwell hace tiempo fue superada por la realidad. Nineteen Eighty-Four queda en el recuerdo como un cuento de hadas incluso ya para nosotros.

 

Marchemos pues –el que quiera, que todavía podemos elegir– como gansos por las calles de Preciados y del Carmen de Madrid esta Navidad, con sentido único y cívico, que no común, rodeados de minúsculos drones afanados en su perversa tarea de reconocer nuestros rostros para mayor poder y gloria de sus allmächtig stadtkreisen; de agentes secretos y públicos marcando nuestro paso, cara al sol o a la sombra según toque, prietas, muy prietas las filas y agrupándonos como no podía ser menos todos en la lucha final.

 

Juan M. Martínez Valdueza

26 de noviembre de 2017